
Durante el periodo de euforia de la economía mundial en las dos últimas décadas, para muchos las tesis de Keynes (gasto público para estimular la economía) ya estaban desfasadas y resultaban peligrosamente intervencionistas. Imperaba la confianza en la sabiduría del mercado y el automatismo de oferta y demanda. Y mira por dónde cuando nos encontramos en el más profundo de los agujeros arrojados por desreguladores y liberalizadores, resulta que Obama se agarra a las recetas pensadas para la gran crisis de los años 30. O sea, el summun del neoliberalismo, el FMI, recomienda a los gobiernos que aumenten el gasto público en un promedio de 2% de su PIB: ¿ keynesianismo del siglo XXI?
Ahora se apuesta por las obras públicas, inversión en infraestructura de telecomunicaciones y del sistema sanitario, ayudas a la industria del automóvil para coches más ecológicos, plan de energías renovables, etc. El objetivo es modernizar el país y crear puestos de trabajo. Sin embargo, la magnitud del programa que se está poniendo en marcha, no garantiza su éxito. Lo más importante para reactivar la economía no es tanto la cantidad que se gaste como las señales que el Gobierno sepa enviar a empresas, consumidores e inversores sobre la fortaleza de la economía y su capacidad de crecimiento. De nuevo, la clave es la confianza.
Y es aquí donde Obama y los demás lo tenemos mal, porque la élite financiera de la que depende el flujo de capital y que hace funcionar todo el sistema, parece haber perdido el norte. Provocaron la crisis actual jugando a las hipotecas basura (subprime) en una oscuridad contable mediante mecanismos cada vez más desligados de la economía y de la auditoría hasta que destruyeron la transparencia del mercado de inversiones usando el dinero de los contribuyentes. Y no contentos con eso, mientras pedían ayuda para no quebrar los bancos, con el dinero público los ejecutivos de Wall Street se habían pagado a sí mismos primas de recompensa por valor de 20.000 millones de dólares… hasta que Obama explotó de indignación. Parece ser que ahora se están incluyendo controles en cada paquete de ayuda para asegurar que el dinero sirve a la gente en lugar de quedarse en prebendas y de paso, cambiar a los ejecutivos avarientos. Y es que, por mucho que se gaste, si la gente no confía en el sistema financiero, el dinero no circula. Y la inversión pública sólo sirve si arranca el motor de la inversión privada, en particular en las pymes.
Este es el punto clave de la nueva política económica, en EE. UU. y en España. Que el dinero de la reactivación llegue a las empresas productivas para que estas creen empleo y de forma eficiente ya que los límites del gasto público se alcanzan rápidamente, sobre todo países endeudados. Debe ser una política de responsabilidad, ya que los prestamistas (léase, los chinos) no pueden seguir prestando a países en bancarrota económica y contaminados moralmente. Y es aquí donde la bronca de Obama a Wall Street es más que una rabieta.
Para crear una nueva economía sin pasar por una impensable catástrofe, Obama, y otros gobiernos, tendrán que profundizar su intervención en la economía por medios no sólo económicos, sino de principios de gestión, regulando la actividad de las empresas, empezando por las financieras, en función de criterios que combinen legítima ganancia y responsabilidad social. Algo que, excepcionalmente, enseñan las mejores escuelas de negocios de Europa y que va a tener una fuerte demanda por parte de ejecutivos en fase de reciclaje. Keynes, para quien el capitalismo regulado era la síntesis armoniosa de crecimiento y estabilidad, debe sonreír desde su nicho.

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